CRISTO… ¡HA RESUCITADO! Reflexiones del Administrador Diocesano, en la Pascua de 2020, ante el drama de la pandemia producido por la infección causada por el COVID-19.15/04/2020

OBISPADO DE ZAMORA
ADMINISTRADOR DIOCESANO

  Después de un mes de confinamiento, de reclusión en nuestras casas, de falta de libertad, y en este campo de minas y fuego que está siendo la expansión del coronavirus, ¿no nos surgen preguntas como éstas: Señor, ¿es que nos has abandonado?, ¿por qué nos has abandonado?

  En la lectura de la Pasión, el Domingo de Ramos y el Viernes Santo, ha resonado esa exclamación de Jesús que bien conocemos, y que está en el trasfondo de nuestras interrogaciones anteriores: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? (Mt 27, 46); en referencia al Salmo 22 que, diciendo lo mismo, continúa con otra pregunta: ¿por qué no escuchas mis gritos y me salvas? (Sal 22, 2).

  Como señalaba más arriba, seguramente que ante la situación que estamos viviendo de muertes, mucho sufrimiento, desconcierto, reclusión, horizontes nublados, … sí ha surgido también en muchos de nosotros, esa pregunta, esa exclamación dirigida a Dios: ¿Por qué nos has abandonado?. Pues todo se nos ha descontrolado; vivimos a la intemperie, no ya de posibilidades materiales, de momento no, pero puede que así sea, esperemos que no; sino en el riesgo de la propia vida sin saber qué hacer o cómo resguardarnos mejor del posible contagio, que no sabemos ni dónde puede estar ni cómo se produce. Y nos vamos dando cuenta que este ‘no saber’ nos abruma, nos recluye, mina nuestras energías. Esta situación ha descolocado nuestra vida, tanto interna como externamente. Se ha caído nuestro castillo, que nunca pensábamos que fuera de naipes, sin una realidad racional para que así fuera; y nos estamos dando cuenta de que, con mucho esfuerzo y sacrificio estamos intentando que alguna pared quede en pie para, al menos, poder ponernos al socaire ante posibles futuros ventarrones. Apelamos a la responsabilidad, a la unión. Nunca como ahora se había oído tanto la palabra ‘juntos’; porque hemos descubierto, o estamos haciéndolo, que somos frágiles, demasiado frágiles, cuando el culto a la persona lo habíamos elevado al altar de la seguridad, del control, de la eficacia, del personalismo, más allá de los otros; y esta situación, un virus, ha venido a ayudarnos a encajar bien las piezas de un puzle en el que habíamos confundido el cielo azul con el agua del mar; que nos estaba impidiendo distinguir lo de arriba de lo de abajo, lo gaseoso de lo líquido, lo consistente de lo inconsistente. Y creemos que unidos y solidarios podremos dar una respuesta a este drama que nos aprisiona.

  Levantamos la mirada al Señor para pedirle que escuche nuestros gritos y nos salve. Los gritos del dolor, del desarraigo en soledad, de la insuficiencia de medios, del alejamiento de los seres queridos en el trance final, de la necesidad de poder acercarnos a los demás en el camino y no tener que evitarnos por miedo al contagio. … ¡Qué situación tan amarga!

  Sálvanos, Señor, en este momento de muchas muertes, demasiada incertidumbre, en algunos flojas esperanzas, tanto dolor que nos acongoja y no nos deja respirar, no ya físicamente, que también, sino principalmente en nuestra existencia diaria.

  Surgen desde la colectividad, desde el ‘juntos’, muchas preguntas que habían quedado adormecidas por la actividad, las prisas, … el tiempo. ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué tenemos que hacer? ¿No estaremos tragando vida que no paladeamos, que no degustamos? ¿No estaremos gastando la vida moviéndonos en lo accesorio sin llegar nunca a lo esencial? … “Señor, sálvanos, que perecemos” (Mt 8, 25).

  Tenemos que repensar nuestras realidades personales y orar como Jesús rostro en tierra en Getsemaní: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa de amargura; pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú” (Mt 26, 39). El cumplimiento de la voluntad de Dios en la contradicción, en la amargura, en la experiencia de cruz como la que estamos conociendo y padeciendo. Y, como Jesús, pretendemos una esperanza bien fundada en Dios, que es quien nos puede ayudar a encajar esta realidad en momentos de oscuridad como el que estamos viviendo. La tribulación produce paciencia, la paciencia virtud solícita, y ésta esperanza (cf. Rom 5, 3-4).

  Acabamos de celebrar que Jesús muere en la cruz. Era la consecuencia lógica de un estilo de vida centrado en el amor y el servicio. Dios certifica, con la Resurrección de Jesús, el estilo de vida de Éste en su referencia al Padre y en su entrega a los hombres.

  Dios no nos abandona en nuestras necesidades, no nos deja tirados en la cuneta de la Historia, no se desentiende de nuestros problemas y dificultades. Más bien, nos acompaña, como a aquellos discípulos de Emaús (cf. Lc 24, 13-35), por los caminos de dolor y miedo; de paciencia y esperanza; de entrega y generosidad; de acompañamiento y compromiso. Nos abre los ojos a lo esencial, y nos dice que, unidos a Él y juntos entre nosotros, ‘podemos’.

  La Resurrección, para aquellos primeros discípulos, fue el momento de repensar sus vidas y sus formas de actuación, de descubrir la grandeza de haber vivido con el Maestro y, como Él, de llenarse de fuerza y valor para vivir y testimoniar, en medio de múltiples dificultades, lo que habían visto y oído de Jesús en su relación con el Padre y en su trato con los hombres y mujeres de aquella Palestina romana.

  Es también nuestro momento, como humanos y más como cristianos, de asumir el dolor y compartir las penas con tantas y tantas personas que hansufrido, que están sufriendo el vendaval de esta pandemia; para que se puedan ir recuperando. En nosotros está el aliviar, en lo posible, este sufrimiento con el sudario, de la preocupación y compañía, que envolvió el cuerpo de Jesús muerto. Y de orar, fervientemente, por aquellos que se han ido sin una despedida como se merecían. Es momento, también, de descubrir y atender las necesidades económicas de muchas familias que van a quedar tocadas por la disminución del empleo u otras causas laborales; que personalmente cada uno, que cada grupo de Iglesia (Parroquias, cofradías, comunidades, asociaciones, movimientos, …) seamos sensibles a las situaciones difíciles por las que están pasando y van a pasar un buen número de familias en nuestra sociedad zamorana.

  Y cuánto agradecimiento a esos signos de Resurrección, desde la entrega y la solidaridad, que están siendo la dedicación a superar este complicado momento que nos toca vivir de políticos y responsables sociales, del personal sanitario, de los guardines del orden, de los que nos posibilitan que podamos alimentarnos, tomar medicinas, seguir el trabajo académico en casa; aquellos voluntarios dispuestos a socorrer cualquier penuria, …; en definitiva, de todos aquellos que hacen posible que tengamos cubiertas las necesidades básicas y así procurar que esto no deje demasiada cicatriz en nuestra vidas personales y en el tejido social. Reconocimiento a tantas personas, de todo tipo y en cualquier profesión, que están haciendo que la cruz no sea tan pesada y que la subida al Calvario no sea extenuante.

  La Resurrección de Jesús ahuyentó, en aquellos discípulos, el miedo y sembró la esperanza; “porque para Dios nada hay imposible” (Lc 1, 37). Esta es nuestra tarea ahora, ir enterrando el miedo, ir levantando la cabeza ante tanto dolor y muerte, con la mirada puesta en el Resucitado. Señor: ¡Sana nuestras heridas (cf. Jr 30, 17), cura nuestras enfermedades (cf. Sal 103, 3), perdona nuestros pecados (cf. Sal 32, 5)!. La fuerza de la Resurrección de Jesús tiene que ser el motor que nos levante el ánimo, reanime nuestra esperanza, nos dé paz en la adversidad; y que la mascarilla, los guantes y el gel hidroalcohólico nos ayuden a no contagiar ni contagiarnos del COVID-19, ni tampoco de lo efímero, lo mundano, lo insustancial de esta sociedad en la que vivimos. Que esa necesidad de un respirador, tan fundamental en estos momentos para muchos hermanos nuestros, nos lleve a nosotros, existencialmente, a sentir su necesidad para oxigenar nuestro interior con aire fresco que nos ayude a descubrir los valores auténticos y a hacernos planteamientos de vida serios, realistas y comprometidos con nuevas formas de vivir más humanas y más cristianas. Necesitamos estar equipados interiormente para preservarnos de tantos males como nos rodean y, con ese equipamiento, poder acompañar a los demás a fundamentar valores y vivir actitudes que les sirvan para fortalecer sus vidas, comprometerse por el bien de los demás, crecer como personas cristianas y abrirse al encuentro con el Dios que nos salva.

  A pesar del miedo por el lago embravecido y de poder caer en el lamento de que ‘no hay nada que hacer’, tenemos que volver a echar la red; que saldrá repleta de peces (cf. Jn 21, 1-14). A pesar de sentirnos abatidos por esta situación que tanto sufrimiento nos produce, no podemos dejar de confiar y esperar en Dios, y en la buena disposición y hacer de todos para que este tormento termine pronto.

  Que unos a otros nos consolemos y animemos desde los buenos deseos que manifestamos al decir ‘cuídate’, y la confianza en que esto pasará.

  Con la mirada puesta en Dios y unidos entre nosotros venceremos la muerte que está significando la propagación de este virus en nuestro mundo.

  ¡La Pascua del Señor sea nuestra fortaleza!

Zamora, 12 de abril de 2020
Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor

José Francisco Matías Sampedro
Administrador Diocesano, S.V.


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